domingo, 9 de septiembre de 2012

La Iglesia a partir del Concilio Vaticano II

I.               
    I..  La Constitución Lumen Gentium como novedad

1.1. La eclesiología antes del Concilio Vaticano II
Entre el Vaticano I y el Vaticano II se produjeron un conjunto de novedades que llevaron a nominar el siglo XX como el “siglo de la Iglesia”. Poco a poco se fue superando la oposición entre la Iglesia y el mundo moderno. El apostolado de los laicos en la Acción Católica y el movimiento social promovido por León XIII ayudaron a una nueva conciencia eclesial. Por otro lado, la renovación litúrgica, el desarrollo de los estudios bíblicos y patrísticos, e incluso el movimiento ecuménico avivaron la vida eclesial.

Otros modelos eclesiológicos se mostrarán especialmente fecundos después de la Segunda Guerra Mundial: La Iglesia como Pueblo de Dios en la historia de los hombres y la Iglesia como sacramento, constituyéndose por su visibilidad, el “sacramento fundamental” de la unión de la humanidad con Dios. Por su parte, la noción de Pueblo de Dios, de raíces bíblicas, había estado reemplazada durante siglos por la idea de una Iglesia entendida como sociedad perfecta.

1.2. El aporte del Concilio Vaticano II a la eclesiología
Tres meses después de su elección, el 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII anunció que él deseaba convocar un nuevo Concilio, lo cual creó una gran sorpresa. En la letra de diciembre de 1961, Humani Salutis, por la cual el papa convoca oficialmente a que el Concilio se reuniese  el año siguiente; él mencionaría tres objetivos: la restauración del orden en la Iglesia, la unidad de los cristianos y la paz en el mundo entero. Era claro que ninguno sabía, incluyendo al mismo papa, cómo este Concilio se desarrollaría posteriormente.

Al final de la primera sesión, en diciembre de 1962, los cardenales Montini y Suenens demandaron a los padres del Concilio encontrar un centro unificador para dar armonía al conjunto del Concilio; ellos propusieron el tema de la Iglesia a dos niveles: ad intra y ad extra. Un poco más tarde, Pablo VI brindará un esquema más programático. El papa Pablo VI dio una estructura orgánica al proyecto de su predecesor. La Encíclica Ecclesiam Suam del 6 de agosto de 1964 ofrecerá un esquema preciso al Concilio y, en el fondo, mostraría un deseo de renovación y de apertura al diálogo.

Presento a continuación cuatro campos de diálogo según el esquema de Luis Sartori[1]:
-          Diálogo al interior de la Iglesia
-          Diálogo con los cristianos no católicos
-          Diálogo con los creyentes no cristianos
-          Diálogo con los hombres de buena voluntad
Hablamos de diálogo al interior de la Iglesia: con Dios y su palabra (Dei Verbum), sus sacramentos (Sacrosanctum Concilium) y el conjunto de la Iglesia (Lumen Gentium). Por otro lado, un diálogo externo: con los cristianos no católicos (Unitatis Redintegratio); con los no cristianos (Ad Gentes y Nostra Aetate) y con el mundo de este tiempo (Gaudium et Spes). A partir de esto, nosotros podemos reconocer que el Concilio ha valorado la relación, dimensión importante en el dogma trinitario. El Sínodo de 1985 ha reconocido que la Koinonia domina el Concilio Vaticano II; la eclesiología del Concilio se muestra como “eclesiología de comunión”.

Un cambio importante del Concilio Vaticano II es el hecho de pasar de una visión jerárquica de la Iglesia a una visión de comunión de todos los creyentes, dando prioridad a la condición bautismal común frente a todas las diferenciaciones que pueden existir en su seno.

1.3. Lumen Gentium en el conjunto del Concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano II ha sido el mejor fermento de renovación eclesial en la tercera parte del siglo XX. Este ha superado la preponderancia de lo jurídico y lo societario que pesaba sobre la eclesiología anterior.

Dos años después de la primera sesión nos encontramos con la redacción de la Lumen Gentium. Los encabezados del capítulo de la constitución muestran los cambios que vienen en la constitución sobre la Iglesia, la cual surgiría finalmente. En los dos primeros capítulos, la Iglesia es, en primer lugar, definida como misterio y pueblo de Dios. La Iglesia jerárquica es presentada en el capítulo 3: apareciendo después de los dos primeros, la Iglesia jerárquica estará al servicio de la comunidad cristiana. Inmediatamente después, el decreto explica el concepto de Iglesia, con los capítulos sobre los laicos y la vocación de todos los cristianos a la santidad, mostrando el lugar de los laicos en la Iglesia. Los órdenes son firmemente situados al interior de la Iglesia. El capítulo 7 sobre “el carácter escatológico de la Iglesia peregrinante” resume los primeros capítulos del decreto y vuelve al tema del primer capítulo, la Iglesia en su ser misterio. El último capítulo es consagrado a María. La persona de María es tratada en el contexto de la Iglesia, donde ella es arquetipo.
La Constitución dogmática Lumen Gentium es el primer documento conciliar que trata de la Iglesia en todos sus aspectos. El documento presenta la Iglesia en sus raíces trinitarias, situada en una visión de conjunto como historia de salvación. Su lectura teológica permitirá desbordar el campo de un simple tratamiento jurídico.

La decisión de incorporar el capítulo sobre el Pueblo de Dios antes de desarrollar la jerarquía guarda la idea de superar una eclesiología centrada sobre el poder y sobre el primado del clero. Por otro lado, Lumen Gentium valora el sensus fidelium (Lumen Gentium 12), la doctrina de los carismas. En relación a las decisiones del Concilio Vaticano I, la constitución valora la colegialidad episcopal, con la afirmación evidente   (por la primera vez en un texto conciliar) de la sacramentalidad del episcopado (Lumen Gentium 21); de este modo,  cuando es afirmado que el poder supremo y la infalibilidad en la Iglesia regresa no solamente al Papa, pero también al colegio de obispos unidos al Papa, de esta manera, se restablece el equilibrio roto desde el Vaticano I. Dicho de otro modo, la Iglesia católica no es una pura monarquía: al lado del poder del primado existe un poder colegial. Pero, el Concilio no llegará a mostrar la complementariedad de los dos aspectos.

1.4. El capítulo II de Lumen Gentium: El Pueblo de Dios
En la constitución dogmática Lumen Gentium, podemos observar el desarrollo siguiente: Por deseo libre del Padre los hombres son destinados en Cristo a participar de la vida divina[2]. En Cristo, ellos son hechos hijos por adopción[3] y participan todos de su oficio profético, real y sacerdotal[4]. Esta obra histórica del Hijo es llevada a término por el Espíritu Santo después del día de Pentecostés[5]. Los fieles acceden al Padre por Cristo en el Espíritu, si bien toda la Iglesia universal aparece como un pueblo que toma su unidad de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo[6]. A partir de esta, nosotros podemos decir que a diferencia del primer pueblo, en donde el criterio principal de elección pertenece a la sangre, el nuevo Pueblo de Dios será elegido según el Espíritu, habitando “como en un templo”, en el conjunto de todos los creyentes en Cristo[7].

Inspirándose en el Concilio Vaticano II, el catecismo de la Iglesia católica en el número 781 afirma: “Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una santa alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preocupación y figura de su santa alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo […] , es decir, el Nuevo testamento en su sangre, convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino según el Espíritu”. En este pasaje que desarrolla la noción de Iglesia como Pueblo de Dios, subrayamos: (a) Dios ha querido santificar los hombres, no solos, sino construyendo un pueblo, por el cual, (b) El ha elegido a Israel y con el cual hizo una alianza; (c) esta es figura de la nueva y perfecta alianza en Cristo; (d) por la cual esta ha constituido el nuevo Pueblo de Dios, el cual, y que con la ayuda del Espíritu Santo, se mantiene fiel a Cristo y se vuelve capaz de renovarse ella misma.
La presencia de los fieles, por la fe, en la vida divina, hace que este nuevo pueblo entre en el misterio de comunión con Dios, Lumen Gentium 1 dirá: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”[8]. Con esto, Lumen Gentium ha colocado las bases para una “eclesiología de comunión” ulterior. Finalmente, se dirá que “Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios”[9], desafío que pedirá una concepción comunional de la Iglesia, beneficiándose de fuentes comprometidas desde hacía varias décadas (bíblicas, litúrgicas y patrísticas), el Concilio Vaticano II se renueva con la eclesiología de comunión de la Iglesia antigua, y regresa a una eclesiología integral según la cual la unidad en el capítulo sobre el Pueblo de Dios es presentado antes del capítulo sobre la “Constitución jerárquica de la Iglesia”.
II.                  Presencia bíblica del término Pueblo de Dios

2.1. El término Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento
Con el concepto de Pueblo de Dios llegamos a un punto capital para la fe de Israel. En el Antiguo Testamento, Dios se compromete con el Pueblo de Israel que se convertirá en su pueblo. Después de dejar Egipto, el pueblo de Israel se sintió llamado a la unidad. Podemos recordar la misión de Moisés: “Por eso, di a los israelitas: yo soy Yahvé; Yo os sacaré de los duros trabajos de los egipcios, os libraré de su esclavitud y os redimiré con brazo tenso y juicios solemnes. Yo os haré mi pueblo, y seré vuestro Dios”[10]. El lazo fuerte entre Dios y su pueblo es desarrollado en el Antiguo Testamento, la elección y el favor divino están con Israel: “Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahvé tu Dios, a ti te ha elegido para que seas, de entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra, el pueblo de su propiedad”[11].

El pecado está presente en la historia del pueblo de Israel y es en este contexto que los textos proféticos comenzaron a hablar de la nueva alianza de Dios con su pueblo, “Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: yo extirparé de ellos un corazón de piedra y les daré un corazón de carne”[12]. Yahvé será el nuevo Dios de Israel, de este modo, Israel será el Nuevo Pueblo de Dios. Es así que, retomando todas sus fuentes, la comunidad de discípulos de Jesús comenzaba a llamarse el nuevo Israel, el nuevo Pueblo de Dios: el nuevo pueblo de Dios del fin de los tiempos.

2.2. El término Pueblo de Dios en el Nuevo Testamento
El proceso de génesis del Nuevo Testamento no se propuso elaborar una reflexión sistemática sobre la Iglesia. Sin embargo, la experiencia de vida comunitaria estuvo vivida antes que cualquier reflexión en torno a la Iglesia. Varias lecturas de la Iglesia son dadas en el Evangelio, ya sea en los Hechos de los Apóstoles, o en Efesios.

La palabra que corresponde, en el Nuevo Testamento y en los LXX, al hebreo am (pueblo) es laos. Mientras que la otra palabra hebrea para pueblo, goi (ethnos) se aplica en general a los pueblos gentiles, am (laos) se emplea de manera regular para Israel. El uso es reservado para explicar, en la elección misma del término, la dignidad de Israel, que consiste en ser Pueblo de Dios. Gerard Philips recuerda que: “la denominación de Pueblo de Dios, en referencia a la comunidad cristiana, sólo es citada una vez  en el Nuevo Testamento, en el célebre texto de la epístola de San Pedro, pero las diferentes descripciones de Pablo no permiten ninguna duda sobre su idea que la herencia de Yahvé es trasladada al nuevo pueblo cristiano. San Pablo toma en cuenta dos aspectos: la continuidad con Israel, pueblo de la promesa, y la experiencia nueva del cristianismo”[13] . Pero, el Nuevo Testamento superaría dicha afirmación: laos designaría en la comunidad de discípulos la Iglesia de Jesucristo. De este modo, la Iglesia se concibe claramente como Pueblo de Dios escatológico donde se cumple todas las promesas de Dios al antiguo Israel.
Los discípulos de Jesús tienen el sentimiento de ser el verdadero Israel. Sin duda, fueron necesarias  diversas experiencias para que los discípulos de Jesús se reconozcan con toda claridad como verdadero Israel y, al mismo tiempo, como el nuevo Israel. Las experiencias del bautismo, el servicio a la oración en la comunidad, la comida juntos. El propio gobierno y la comunión de amor ayudan a reconocer que el nuevo pueblo de Dios estaba a punto de nacer. Además, una característica propia de la predicación de Jesús fue el acercamiento a los paganos; ellos nunca fueron excluidos de la salvación.

La comunidad comienza a llamarse “ecclesia de Dios”, el verdadero y nuevo “Pueblo de Dios”, cuando la comunidad toma el antiguo nombre de “ecclesia de Dios” hizo referencia a los nombres de “Israel” y “Pueblo de Dios”. Pablo estuvo obligado a clarificar los sentidos de la palabra Iglesia de cara al judaísmo en las epístolas a los Gálatas y a los Corintios. En las tres cartas será presentada la idea de Pueblo de Dios.
En la epístola a los Gálatas, lo importante será la fe y no la circuncisión. Pablo muestra que esta es la verdadera filiación de Abraham; para él, lo que es importante es la justicia. A partir de la fe, los paganos, ellos también, pueden, sin someterse a la ley judía, entrar en el nuevo pueblo de Dios, “Así, Abrahán creyó en Dios y le fue tenido en cuenta como justicia. Tengan, pues, entendido que los que creen, ésos son los hijos de Abrahán. La escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció con antelación a Abrahán esta buena nueva: en ti serán bendecidas todas las naciones. Así pues, los que creen son bendecidos con Abrahán el creyente”[14]. El pueblo de Dios supera la categoría sociológica de pueblo. Toda la humanidad es invitada a participar de este pueblo.
Por otro lado, las dos cartas a los Corintios muestran la idea de pueblo de Dios. Nosotros podemos encontrar las diferencias entre el “Israel según la carne” y “el pueblo de Dios según el Espíritu”. Aquello que hace la continuidad entre los dos pueblos es la debilidad, el nuevo pueblo se reconoce pecador. Todo ello es presentado en los Corintios: estos hechos se han producido para servirnos de ejemplos.

III.                Presencia bíblica del término comunión
En primer lugar, hemos de constatar que en los años posteriores al Concilio Vaticano II, los términos conocidos como Comunión en Occidente y como Koinonia en Oriente han tomado mucha importancia en la Iglesia. Jean-Marie Tillard precisa que Comunión y Koinônia no se corresponden plenamente[15], normalmente koinônia insiste en la participación en una realidad común y communio sobre la situación que resultará de ella.

3.1. El término Comunión en el Antiguo Testamento
La relación de comunión y amor están presentes en el cuerpo bíblico. La alianza será el signo de esta unión en el Antiguo Testamento. Para el Pueblo de Israel la Alianza no es un contrato de dos personas, ella es la respuesta a una llamada hecha por Dios. La Alianza establecida entre Dios y el pueblo establece un lazo de fidelidad, siempre salvífica.


3.2. El término Comunión en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento brinda varias aproximaciones sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia: la nueva comunidad, la difusión de la buena nueva, la acción del Espíritu. Aquellas primeras comunidades buscarán mostrar la finalidad de la obra de Jesús.

La Iglesia entra en comunión con Dios por Cristo en el Espíritu Santo. El término koinônia no aparece en el Evangelio, pero él está presente en el resto del Nuevo Testamento. Además, si bien, la Iglesia, en el Nuevo Testamento, no está definida como koinônia, nosotros no podemos negar la importancia del término en la obra paulina. La categoría comunión mostrará que la comunión no es el fruto del simple esfuerzo humano.

En el pensamiento de San Pablo, el término koinônia explicaría la participación del fiel en Cristo y en la comunidad cristiana.

La vocación cristiana es la participación en la comunión con Dios por medio de Cristo, por medio de su filiación. Nosotros somos hijos en el hijo, por la cual nosotros somos una fraternidad: “El es fiel, el Dios por el cual hemos sido llamados a la comunión con su hijo, Jesús nuestro Señor”[16]. El sentido cristológico marca el mensaje de Pablo.

Por una parte, hay una comunión que nace de la cena eucarística; si hemos tomado la cena con Cristo, entonces, nosotros estamos en comunión con todos esos que comparten la cena, “La copa de bendición que bendecimos, ¿no acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que compartimos, ¿No es comunión con el cuerpo de Cristo?”[17]. La comunidad se hace en el compartir el memorial, Cristo brinda unidad al cuerpo. Por otro lado, para los cristianos el compartir la mesa es un signo de fraternidad en medio de los seres humanos: “Cada vez que ustedes comen este pan y que beben este vino de esta copa, anuncian la muerte del Señor, hasta que vuelva”[18]. Debemos reconocer que el ágape es una dimensión importante en la catequesis de Cristo; podemos recordar sus múltiples encuentros con los pecadores en torno a la mesa.

La comunión es compartir con el Espíritu Santo, él será la expresión de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo; “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes”[19]. La comunión trinitaria valora el Espíritu Santo y para Pablo, el Espíritu Santo es el actor principal de la unidad de la Iglesia.

 IV.                El término Comunión

4.1. Una imagen de Iglesia
Los términos bien común y comunidad son muy próximos a la comunión. A nivel filosófico, Gaston Fessard considera que para la búsqueda del bien común son necesarias dos mediaciones: una horizontal que representa los bienes compartidos y, otra vertical, entre los seres que comparten y la fuente del bien común. Estos dos elementos son los pilares para construir una comunidad. Pero irá más lejos al afirmar que estas dos mediaciones forman una comunión: “en efecto, quien dice comunión, dice lazo espiritual y carnal, unidad, al mismo tiempo concreta y universal”[20] Esto significa que para la comunión hay necesidad de un bien concreto, pero en vista de un nexo que trascienda lo particular.

4.2. La categoría de Comunión en el Concilio Vaticano II
4.2.1.        La Iglesia es una comunión
El Concilio Vaticano II ha sido capaz de sobrepasar la idea de sociedad perfecta que había acompañado la comprensión de la Iglesia a partir de la época post-tridentina. Para el Concilio, la caridad no queda como una “virtud” de la Iglesia, sino como una dimensión de su ser mismo. Por otro lado, en la sociedad contemporánea los principios de unidad vienen del orden jurídico. Como novedad, la comunión es un grupo donde el principio de unidad reside en el amor que implica intimidad, estabilidad, igualdad y tiene un sentido moral. Un análisis que nos parece muy interesante es el de Walter Kasper en 1987: “Al individualismo moderno, el colectivismo no es una solución; individualismo y colectivismo son dos extremos que se juntan sobre un punto: el uno y el otro dejan al individuo solo. El uno y el otro, por lo tanto ignoran eso que, como personas, nos es esencial: los seres  encuentran felicidad y paz en la relación interpersonal, en una comunidad de valores y objetivos, en el intercambio de los dones”[21].

Una obra que ayudó a valorar la categoría de comunión ha sido La Iglesia es una comunión de J. Hamer, O.P, el año mismo que se abría el Vaticano II. Para él, la comunión era presentada en el Nuevo Testamento y ella era característica de la colectividad cristiana.

4.2.2.        Un hilo conductor en la eclesiología del Vaticano II
La Comunión no fue un capítulo del Concilio Vaticano II, como fue el caso de la Iglesia Pueblo de Dios. La palabra aparece, mayormente, en la Constitución dogmática Lumen Gentium y en el decreto Unitatis Redintegratio. Sin embargo, “una idea directriz de la eclesiología del Concilio es la idea de comunión”[22].

El Concilio no da la definición del término “comunión”. Para comprender su significación, por lo tanto, uno debe ser atento al contexto en el cual la palabra es empleada. Por lo tanto, Concilio no desarrolla de manera sistemática el tema de la Iglesia como comunión. Sin embargo, Walter Kasper dirá: “La comunión designa la causa o cosa. La comunión no es la estructura de la Iglesia, pero sí su esencia; el Concilio la considera: su misterio”[23]. Ahora, para examinar el término comunión en el Concilio Vaticano II seguimos la propuesta de Jean Rigal[24]. Este autor afirmará que el Concilio usa el término en diversos sentidos:
  1. La comunión trinitaria
La comunión está centrada en Dios, es una comunión con Dios y con los hombres.
  1. La Iglesia universal, comunión de iglesias locales
En razón de su raíz eucarística, la iglesia local no puede ser considerada como una “parte” de la Iglesia: ella es la manifestación en un lugar del cuerpo de Cristo: “Cada iglesia particular manifiesta en plenitud la Iglesia de Dios, ella está totalmente presente”[25].
  1. Comunión de fieles
El Concilio Vaticano II presenta la expresión comunión de los fieles en dos situaciones (LG, n° 26; UR, n° 2). La categoría más presente es la de Pueblo de Dios. Sobre todo, el Concilio brinda importancia a la vocación común de todos los bautizados. Nosotros compartimos la misma dignidad en la diversidad de funciones y carismas.
  1. Comunión jerárquica
Se trata de un lazo orgánico y estructural al servicio de toda la Iglesia en la caridad. En la Iglesia, el colegio episcopal en comunión con el Papa, ejercen un ministerio de comunión en toda su Iglesia. La comunión jerárquica presenta dos dimensiones: la dimensión horizontal engloba a los que ejercen el ministerio: obispos, presbíteros y diáconos. La dimensión vertical engloba a aquellos que ejercen un ministerio diferente; los obispos en relación con el presbiterio, los diáconos o un grupo de cristianos.
  1. Comunión ecuménica
La presencia del término comunión en el Concilio ha abierto las puertas al diálogo ecuménico, “La Iglesia de Dios no se limita a la Iglesia católica romana, si bien la prudencia no llevó a precisar sobre las comunidades de los hermanos separados […] Las diferentes Iglesias son consideradas como medios de salvación (UR, n° 3) y reconocidas como su riqueza”[26]. El interpretar la unidad de la Iglesia como unidad de comunión o unidad en la comunión, fue la clave de una apertura ecuménica.
  1. Comunión como misión
Para la Iglesia, la comunión se convertirá en una labor a cumplir en nuestro mundo.
  1. Comunión como escatología
Siguiendo el mismo espíritu, Lumen Gentium contiene un capítulo sobre “el carácter escatológico de la Iglesia en marcha y su unión con la Iglesia celestial”. El texto insiste: se trata de “una sola Iglesia” compuesta por todos aquellos que se reconocen en Cristo. El Concilio Vaticano II no utiliza, bajo forma de binomio, las dos expresiones Iglesia celestial” e “Iglesia terrenal”, probablemente para evitar el riesgo de dualismo, como si existieran dos iglesias, la una de abajo y la otra de arriba.


V. El recorrido eclesiológico desde el Vaticano II

Las iglesias de América Latina en las Conferencias episcopales de Medellín y Puebla valoraron la riqueza del término Pueblo de Dios. En esa época, las iglesias reconocieron la dimensión comunitaria de la salvación y el carácter histórico de la Iglesia en su continuidad histórica. Todo lo dicho, hasta este momento, se encuentra presente en la eclesiología de América Latina.

5.1. El contenido eclesiológico en la teología de América Latina
En América, la pregunta que podemos hacer a la teología es: ¿Cómo la realidad cristiana influye sobre el conocimiento teológico mismo?. Esta pregunta supone que si la teología tiene una cierta autonomía, ella es producida en un contexto concreto. El conocimiento nunca es neutro, él siempre tiene un carácter práctico y ético. La teología latinoamericana ha ensayado de responder a una nueva problemática, que no está separada de la fe, aquella de la realidad de América Latina, dentro de la cual se encuentra el problema de la fe.

El conocimiento teológico aparece relacionado al sentido práctico y ético, y él no queda al nivel de la simple interpretación. Aquello que ha motivado la fe en América Latina en la época postconciliar ha sido la experiencia de fe vivida en una situación de pobreza, en un contexto de conflicto.

5.2. Las opciones de Iglesia tomadas de las Conferencias de Medellín y Puebla
El CELAM fue fundado en 1955, algunos años después esta conferencia reflexionaría sobre la realidad latinoamericana. Medellín reunió a obispos y teólogos de América latina en 1969. En aquella reunión, el centro de interés fue la relación entre el Concilio Vaticano II y el contexto de la iglesia de América latina.

Por otro lado, al final de su pontificado y para celebrar el décimo aniversario de Medellín en 1979, Pablo VI decidió convocar una nueva conferencia episcopal latinoamericana. La conferencia de Puebla lanzó su teología basada en la cultura, Puebla trabajó sobre un análisis del continente, ella describía la situación de la iglesia y sobre todo, el capítulo más importante fue el de la opción por los pobres y la comunicación y participación.

Los dos documentos cambiaron la imagen de iglesia latinoamericana, después de un largo período de cristiandad. Medellín y Puebla no han sido documentos teológicos en el sentido preciso. Tanto las exposiciones como las orientaciones generales tenían un sentido pastoral. Estos documentos apoyaban las comunidades de base y, de esta manera, la Iglesia reconocía su plena eclesialidad. Medellín consideró las comunidades de base como un testimonio eclesial. Esta experiencia tiene un nivel de comunión cuando las comunidades pobres están ligadas a la celebración eucarística, en comunión con su obispo. A partir de esta experiencia, la comunidad empieza a estructurarse alrededor de los carismas de sus miembros, lo cual refleja una aplicación directa del capítulo II de Lumen Gentium como inspiradora del compromiso de la Iglesia.

Hemos de valorar la experiencia de sinodalidad que nos dejan estas dos grandes reuniones de la iglesia latinoamericana. Los documentos de Medellín (1969) y Puebla (1979) han dado elementos para interpretar los términos Pueblo de Dios y Comunión. Estos términos van en la misma línea de lo que hemos presentado hasta el momento, pero, la originalidad es que ellos han intentado responder a un contexto concreto, el contexto latinoamericano.
5.3. Algunos enriquecimientos del término Pueblo de Dios desde la eclesiología hecha en América Latina.
Podemos afirmar que la comunidad de vida trinitaria es la que produce la Iglesia. El paradigma moderno tiene la costumbre de individualizar la existencia humana, pero ella será completa si no olvida la dimensión social de los hombres. Considerar una colectividad como un sujeto de salvación que se aproxima a las Sagradas Escrituras.

La eclesiología en el contexto latinoamericano buscó plantear un modelo comunitario que superase un racionalismo para mostrar un sentido soteriológico. La historia del Pueblo de Dios se hace al interior de la historia profana.
Un desafío de la teología del Pueblo de Dios fue estructurar comunitariamente la Iglesia y desarrollar una eclesiología de comunión. Ella buscó promover a los más pobres en su acción evangelizadora. Si bien, el Evangelio es propuesto a todos, siempre ha de ser atento con los más débiles.

5.4. Algunos enriquecimientos de la imagen de Comunión desde la eclesiología de América latina
Para una eclesiología en un contexto de desigualdad como el de América latina, la comunión debe tener en cuenta el contexto de pobreza vivido. La pregunta sería: ¿Cuál fue la Iglesia deseada por Jesús? como respuesta, el Concilio invita en Gaudium et Spes n° 4 a ser atentos a los signos de los tiempos. Responder a esta cuestión en un contexto del Tercer Mundo obliga a dar una palabra de esperanza y de justicia.

Si bien Lumen Gentium ha hablado de dignidad de todos los cristianos, la pregunta que nos deja la realidad latinoamericana propuesta en Puebla (n. 1259), retomando el Génesis es: “¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho?[27]. La dignidad de todo creyente pasa por el reconocimiento de la dignidad del hermano.

La comunión puede tener el riesgo de la uniformidad, pero también el riesgo de pluralismo. El modelo de pluralismo no resuelve el problema de la comunión eclesial. El pluralismo puede esconder, en nombre del pluralismo, las preguntas que debemos hacernos sobre la Iglesia.
Los centros que producen comunión cambian, la pobreza es un espacio para engendrar la comunión desde la periferia. Una Iglesia en comunión con los necesitados puede también ser un espacio de trascendencia.

VI. La Iglesia, Pueblo de Dios en Comunión
¿Sería posible hablar de Pueblo de Dios en Comunión?. Nuestra tesis considera que podemos establecer un diálogo, sin perder la riqueza que cada término aporta. No se busca un equilibrio teológico y eclesial, lo que se busca es hacer el esfuerzo de reconocer, una vez más, que la diversidad es la base de la unidad en el futuro de la Iglesia. La eclesiología de comunión no se opone a la categoría de Pueblo de Dios.
  
VII. Conclusión
Hemos intentado responder a una pregunta teológica. ¿Cómo podemos definir la naturaleza de la Iglesia a partir del Vaticano II? Lo hemos intentado a partir de las categorías de Pueblo de Dios y de Comunión. Estas dos categorías han mostrado, durante estos últimos decenios, su riqueza a nivel teológico. Hemos trabajado, siguiendo el Concilio Vaticano II, al valorar las fuentes de nuestra fe: la exégesis bíblica, la teología, la realidad eclesial.

Un primer detalle es la importancia de la historia en todo nuestro recorrido. La Iglesia debe estar siempre abierta al desafío que la vida nos propone: La pregunta de la Iglesia es la vida y la dignidad misma del ser humano.

Un segundo detalle es el hecho de que sea imposible separarse simplemente una problemática eclesial de todo el tejido eclesial; y es justamente la relación entre la unidad y la diversidad la que tenemos que mantener en todos los análisis eclesiológicos que realicemos. La discusión presentada entre Iglesia-Pueblo de Dios e Iglesia-Comunión ha sido un tema presente en la iglesia de América Latina.   

Quizás nos ha faltado explotar la relación entre Iglesia y Reino de Dios. Solamente, hemos de decir que el Reino de Dios no representa solamente un futuro trascendente y suprahistórico a nuestro mundo. A partir de Jesús muerto y resucitado en el Espíritu, este Reino adquiere desde ya una figura en la historia.

Estamos seguros que podemos establecer un fuerte lazo entre Pueblo de Dios y Comunión, hay un mutuo enriquecimiento a realizar entre ellos. Sobre todo, algunos puntos que quisiera presentar en nuestra conclusión, a partir de todo lo dicho.

7.1.             La naturaleza de la Iglesia y la insuficiencia de las imágenes
El misterio de la Iglesia no se puede explicar en un término. Utilizar una sola imagen empobrece: llevando al riesgo de una desviación. Además, en cierta manera, cada expresión necesita de otras. Todas las figuras históricas de la Iglesia quedan relativizadas y, tienen algo abierto al desarrollo de la vida de la Iglesia.
No sería verdadero que una sola imagen pudiese dar cuenta de forma global de aquello que es el misterio de la Iglesia de Cristo. El Concilio no ha querido definir lo que es la Iglesia, él ha querido mostrar la multiplicidad de sus imágenes bíblicas. Entre todas estas metáforas y figuras, se debe reconocer una jerarquía de significación en la expresión de Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu (LG 17).

El Concilio Vaticano ha intentado mostrar una Iglesia en la que todos somos llamados a vivir juntos. Esta estructura supera todo juridicismo, o visión jerárquica simple, propia de un modelo comprendido como sociedad perfecta en nuestra reflexión sobre la Iglesia.  No podemos volver a los términos de la eclesiología preconciliar olvidando las enseñanzas explícitas sobre el Nuevo Pueblo de Dios.
7.2.             ¿Por qué no debemos perder la categoría de Pueblo de Dios?
Luego de un recorrido bíblico, hemos mostrado que el mayor aporte de Pueblo de Dios es su valoración de la historia. Hemos de comprender Pueblo de Dios como la unión de lo histórico y el misterio. La Iglesia comienza a ser comprendida como si estuviera siempre en marcha, respondiendo a la llamada de Dios.

La historia es un lugar de salvación porque Dios así lo quiere en Cristo encarnado. El Concilio había dado un valor especial a la categoría de Pueblo de Dios como significativo para la conciencia creyente. Además, la comprensión de la historicidad de la Iglesia le reconoce la capacidad de cambiar: el modelo de sociedad perfecta no tendrá ya un lugar en nuestra reflexión sobre la Iglesia. El Concilio Vaticano II valora la historia de la salvación, una historia que se hunde en el Antiguo Testamento, pero que se abre al Nuevo Pueblo de Dios con Cristo. Todo esto ha sido confirmado por Lumen Gentium.

Pueblo de Dios nos muestra que, para el pueblo sacerdotal, la salvación no es un camino de perfección personal, nosotros somos llamados a vivir la salvación con otros. Algunas palabras como “catolicidad” y sensus fidelium nos ayudan a reconocer que la fe compartida tiene sentido, confirmando que, la salvación es ofrecida a todos por simple gracia.

La experiencia eclesial vivida en América Latina brinda herramientas para reconocer el valor de Pueblo de Dios. Podríamos resaltar cuatro aspectos: el carácter histórico asumido por la Iglesia, el valor dado a la dimensión comunitaria, la posibilidad de reconocer a Jesús en el seguimiento, la puesta en valor de los signos de los tiempos con el fin de que el Evangelio sea más transparente en la Iglesia. Finalmente, el testimonio eclesial de América Latina ha pasado por el martirio, el cual tocó la vida de muchos creyentes. De este modo, la iglesia latinoamericana ha intentado asumir aquello que había propuesto el Concilio Vaticano II.

7.3.             ¿Por qué es necesario abrirse a la Comunión?
La raíz de la comunión es el misterio trinitario. El análisis del Concilio muestra que existe un lazo estrecho entre la Iglesia y la comunión: partiendo de la Trinidad, sirve a nivel de las iglesias locales, a nivel de los fieles, a nivel de la jerarquía, a nivel ecuménico y escatológico. La comunión de los cristianos es un don antes que una labor.
La comunión valora la iglesia local dándole un sentido pleno de Iglesia en el sentido paulino de Iglesia. Esto guarda una consecuencia eclesiológica: las iglesias son invitadas a vivir la tensión entre la pluralidad y la unidad, entre la iglesia local y la universal, y un ministerio personal vivido en la colegialidad. Cada iglesia es signo del cuerpo de Cristo. Estas iglesias están llamadas a vivir todo aquello que puede ayudar a reconocer la acción del Espíritu: colegialidad, sínodos diocesanos, vida de presbiterio o concilios pastorales de parroquia.

Sin embargo, no podemos buscar un tratado de eclesiología de comunión en el Vaticano II, éste no era su objetivo.

La teología hecha en América Latina ofrece elementos a lo que es la comunión. Las Conferencias episcopales de Medellín y Puebla han sido testimonios de sinodalidad. El descubrimiento lento de las iglesias latinoamericanas, de su historia, su cultura y su religiosidad han ayudado a hacerse cargo del Pueblo de Dios en su contexto.
Un aporte corresponde a la creación de nuevos centros de comunión. De manera habitual, la eclesiología asume que el obispo  tiene como rol animar la comunión. La eclesiología de América latina propuso, también, sin negar la primera, una comunión desde la periferia: la solidaridad que produce comunión y, es así que existen muchas personas, a las cuales, el contacto con la pobreza les ha cambiado la vida y la manera de vivir en la Iglesia.

El riesgo de una lectura parcial de estas imágenes puede limitar Pueblo de Dios a una lectura sociológica y, del otro lado, Comunión puede ser comprendida como simple comunión en torno a la jerarquía. Es necesario recordar que comunión no es uniformidad, centralización, repliegue o espiritualización. Es necesario mantener una tensión que busca valorar todo aquello que pueden ofrecer las dos categorías y, escapar a la utilización unilateral de una noción, sea la que sea.

7.4.             Pueblo de Dios en Comunión, los puntos de encuentro
No busco un equilibrio ideal, ambos términos han sido parte de la historia eclesial post-vaticana, pero una eclesiología de análisis no puede dejar de lado estas dos imágenes. Por ello, propongo algunos elementos de diálogo.

-          Las dos categorías encuentran su origen en la Trinidad. Para Pueblo de Dios la fuente trinitaria se opone a una fuente cristomonista. Del lado de la Comunión, nosotros somos llamados a la comunión a la manera del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
-          La Iglesia, desde la imagen de Pueblo de Dios, sigue el deseo de Dios de que los hombres no reciban la santificación y la salvación de manera independiente, fuera de todo lazo mutual. En el mismo sentido, a partir de la comunión, somos conscientes que la Koinonia y la fraternidad buscan reconocer la salvación como un camino que no se debe recorrer sólo.
-          El fundamento es que para “Pueblo de Dios” y “Comunión” la dignidad de todos los hijos de Dios nos llama a vivir la fe. La diferencia que encontramos es que Pueblo de Dios abre a toda la humanidad, mientras que la imagen de Comunión podría estar limitada a los bautizados. Este sería un punto a precisar.
-          Por otro lado, la idea de misterio no es lo mismo en las dos imágenes: se puede encontrar la encarnación como misterio mucho más próxima a la idea de Pueblo de Dios. Por otro lado, el sentido de misterio propuesto por Comunión evoca la vida trinitaria.
-          La imagen de Pueblo de Dios habla del carácter misionero de la Iglesia. Por otro lado, la imagen de comunión comprende que la comunión tiene como finalidad la misión, una comunidad encerrada no tiene ninguna razón de ser posteriormente, el documento de Aparecida ha resaltado el compromiso de los discípulos misioneros para comunicar vida.
-          Lumen Gentium habló en el capítulo II de un Pueblo de Dios en marcha para valorar el sentido escatológico del mismo. La idea de Pueblo de Dios introduce, por lo tanto, en la consideración de la Iglesia algo dinámico. Este pueblo tiene una vida y está en marcha hacia un término acompañado por Dios. Pueblo en marcha hacia una consumación, pueblo servidor y testigo. De modo paralelo, la imagen de comunión expresa que la comunidad está siempre “en marcha”. La comunión nunca es adquirida. La comunión no se cumplirá hasta que “Dios sea en todos” (1 Co 15, 28).

P. José Piedra Valdez, SJ


[1] SARTORI, L., La Lumen Gentium, Messagero, Padova, 1994. p.11
[2] LG, 2
[3] LG, 3
[4] LG, 10
[5] LG, 4
[6] LG, 4
[7] LG, 9
[8] LG, 1
[9] LG, 13
[10] Ex 6,6
[11] Deut 7,6
[12] Ez 11,19-20
[13] G. PHILIPS, L’Eglise et son mystère, Desclée, Paris, p. 133
[14] Gal 3,6-9
[15] J-M. TILLARD, Communio, en: J.Y. LACOSTE, Dictionnaire critique de théologie, p.235
[16] 1 Co 1,9
[17] 1 Co 10,16
[18] 1 Co 11,26
[19] 2 Co 13,13
[20] G. FESSARD, Autorité et bien commun, Aubier-Montaigne, Paris 1969, p.78.
[21] W. KASPER, L’Eglise comme communion: Communio, n° XII, 1 (1987) 15-31.
[22] W. KASPER, L’Eglise comme communion, Communio (1987) 15-31
[23] L’Eglise comme communion, Communio (1987) 15-31
[24] J. RIGAL, L’Ecclésiologie de Communion, Cerf, Paris, 997, p. 59-81
[25] A. DULLES, Models of the Church, p. 52
[26] L’Eccléssiologie de communion, p. 76
[27] Gén 4,9-10

No hay comentarios:

Publicar un comentario